al tigre le importa un carajo la suerte del jabalí, y no le interesa qué pensarán otros tigres, ni otros jabalíes. Tampoco le importa qué pensarán los veganos, o cuán atormentada se haya levantado hoy Greta Thunberg. El tigre tiene hambre, quiere comer, ve carne, se manda, va con todo. Y si puede con su presa, come. Si no lo logra, no se echa al piso a lamentarse: sin dudar, busca otra presa. De algo estamos seguros: no va a parar hasta que coma, no se va a morir de hambre.
Comparemos: te gusta una persona y tenés ganas de decírselo. Sos un tigre, divisaste a tu presa. Te acercás, le decís lo que tenés que decir, no importa qué, no hay un manual, aunque decirle la verdad no estaría mal. Por ejemplo, le decís simplemente que te gusta. Listo. Terminó la historia (o comenzó una buena historia). Terminó la duda. ¡Sos libre, chau cárcel! No importa lo que esa persona te responda, porque ese es su asunto, su propia elección. Ya sé, te vas a basar en el ejemplo de antes y me vas a decir que el jabalí no elije. Y yo te digo: el jabalí podría haber estado más atento, no alejarse de la manada, etcétera. Si el jabalí estaba ahí, podía ser cazado. Si la persona del ejemplo andaba por ahí, una de las posibilidades era que vos fueras y le dijeras que te gustaba. Somos las elecciones que hacemos y las decisiones que tomamos. Odiás leer esto, ¿no?