Siempre, en el ocaso de toda civilización, así termina, con juegos de prestidigitación de gran maestría—poesía pura, música pura, pensamiento puro—, la agonía del hombre. Del último hombre, huérfano de toda fe e ilusión, que ya no espera nada, ya no teme nada, toda su tierra se redujo a espíritu y el espíritu ya no tiene dónde echar sus raíces para chupar y nutrirse… El hombre se ha vaciado, ni semen, ni estiércol, ni sangre. Todas las cosas se han vuelto palabras, todas las palabras, malabarismos musicales, y al fin se queda sentado al borde de su soledad, descomponiendo la música en mudas ecuaciones matemáticas.