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Böcker
Franz Kafka

Carta a su padre

Patricia Labarthehar citerati fjol
En principio, no me detenía a examinarme ante la eventualidad del matrimonio sino ante la menor insignificancia; y ante la menor insignificancia tú me persuadías con tu ejemplo y con tu educación, tal como intenté describirlo, de que yo no era más que un inepto; lógicamente, lo que con respecto a cualquier insignificancia era exacto y te daba la razón, debía ser exacto y darte la razón con respecto a lo más grande, o sea, con respecto al matrimonio.
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Esto debe entenderse así: ya señalé que en el hecho de escribir, y en todo lo que se relaciona con este hecho, he logrado pequeños éxitos en mis tentativas de autonomía y de evasión, que no me llevarán muy lejos, según lo he comprobado en múltiples ocasiones.
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“Tales como somos, el matrimonio me está vedado justamente porque es la jurisdicción que más te corresponde de hecho.
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casamiento es, sin duda, una garantía de la liberación y la independencia personal más acentuadas. Yo tendría una familia, lo máximo que en mi opinión puede alcanzarse, y por consiguiente lo máximo que has alcanzado también tú; sería tu igual, y todas las afrentas antiguas, y la tiranía, eternamente renovadas, ya sólo pertenecerían a la historia. Esto, realmente, sería extraordinario, pero en ello justamente reside ya lo cuestionable. Es demasiado, tanto no puede lograrse. Es como si alguien que estuviese prisionero no sólo tuviese la intención de fugarse, cosa que tal vez fuese posible, sino además y simultáneamente el propósito de convertir la prisión en un suntuoso castillo para sí. Si realiza la fuga, no podrá construir el castillo, y si lo construye, no podrá fugarse. Si deseo independizarme de esta peculiar e infortunada relación en que me hallo contigo, debo hacer algo que, dentro de lo posible, no tenga relación alguna contigo; pero si bien el matrimonio es lo máximo y confiere la independencia más digna, conserva simultáneamente la más estrecha relación contigo. Querer salir de allí tiene por eso algo de demencia, y cada tentativa recibe como castigo esa demencia.
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La dificultad esencial, independiente por desgracia del caso en sí, era que, a ojos vista, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta en el hecho de que, desde el momento en que adoptó la decisión de casarme, ya no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, la vida ya no es vida, y desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro. No son en realidad las preocupaciones las que producen esto, si bien las acompañan inquietudes infinitas, surgidas de mi pesadez y pedantería, pero ellas no son lo decisivo, aunque consumen como gusanos su tarea en el cadáver; las que me derriban definitivamente son otras causas: la presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo.
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Mi elección de una muchacha no significa nada para ti. Mantuviste siempre oprimida (inconscientemente) mi capacidad de decisión, y creías ahora (inconscientemente) saber lo que ella vale.
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No creo que jamás me hayas humillado más profundamente que con estas palabras ni que me hayas mostrado con mayor claridad tu desprecio. Cuando, hace veinte años, me hablaste en forma parecida, aquella vez se hubiera podido ver, hasta con tus ojos, cierto respeto por ese precoz muchacho de la ciudad que, según tu parecer, ya podía ser introducido sin rodeos en la vida. Hoy, esta consideración sólo podría aumentar tu desprecio, porque el adolescente que en aquel entonces había tomado impulso, se quedó detenido ahí, y a tu parecer no tendría hoy más experiencia que entonces, sino que resulta únicamente veinte años más lamentable.
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pero en sí mismo mucho menos peligroso porque, desde mis dieciséis años de edad, ¿dónde hay algo que en mí pudiera aún ser dañado?
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totalidad de las fuerzas negativas que ya describí como resultado de tu educación, es decir, debilidad, falta de confianza en mí mismo, sentimiento de culpa, tendiendo prácticamente un cordón entre yo y el casamiento. La explicación me resultará difícil, además, porque sobre este asunto tanto es lo que he meditado y vuelto a meditar durante tantos días y noches, que el espectáculo ha llegado a confundirme completamente
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Pero, en realidad, las tentativas de casamiento fueron los ensayos de salvación más extraordinarios, más ricos en esperanzas, si bien fue luego por igual extraordinario su fracaso.
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Pero ello no me trajo ninguna confianza, al contrario, estaba siempre persuadido (y en tu actitud de reprobación tenía una prueba de ello) de que, cuanto más lejos fuera, tanto más terrible sería el fracaso final. A menudo veía con la imaginación la terrible asamblea de profesores (el colegio secundario es el ejemplo aquí, pero en todas partes me ocurría algo parecido), reunidos, si aprobaba yo el primer año, para decidir sobre el segundo, y al aprobar éste, sobre el tercero, y así sucesivamente, a fin de investigar este caso único, que clamaba al cielo, y establecer cómo yo, el más incapaz y, antes que nada, el más ignorante, había logrado deslizarme subrepticiamente hasta la altura de esa clase que, como ahora la atención general estaba dirigida hacia mí, desde luego me vomitaría inmediatamente, para alegría de todos los justos liberados de semejante pesadilla... No es fácil para un niño vivir con estas obsesiones. En esas circunstancias, ¡qué me importaba el estudio!
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Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan hondas por la conservación de mi existencia espiritual, que todo lo demás me daba lo mismo. Entre nosotros, los estudiantes judíos son a menudo seres extraños; se encuentra entre ellos lo más inverosímil, pero esa indiferencia mía, apenas disimulada, fría, inquebrantable, infantilmente desvalida, que llegaba hasta el ridículo, animalmente satisfecha de sí misma, en un niño en sí dotado de fantasía, pero de una fantasía helada, no he vuelto a encontrarla jamás en ninguna parte, es verdad que en mi caso fue la única defensa contra la crisis de nervios provocada por mi angustia y por los cargos de mi conciencia. Sólo me preocupaba el cuidado de mí mismo, pero en las formas más diversas. Por ejemplo, en forma de preocupación por mi salud; comenzó despacio, de vez en cuando surgía un leve temor por la digestión, por la pérdida de cabello, por una desviación en la columna vertebral, etc., pero fue creciendo con innumerables gradaciones hasta concluir por último en una enfermedad verdadera. Como no estaba seguro de nada, necesitaba a cada momento una nueva confirmación de mi existencia; o no poseía nada que fuese de mi verdadera, indudable, única y exclusiva propiedad, como era, por cierto, un hijo desheredado, también lo más cercano, mi propio cuerpo, se me volvió inseguro; crecí estirándome hacia lo alto, pero no sabía qué hacer con ello, la carga era
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Además, a un niño que, como yo, había agudizado extraordinariamente su sentido de observación a causa de tantos temores, era imposible hacerle comprender que esas pocas insignificancias que tú ejecutabas en nombre del judaísmo, con una indiferencia digna de su insignificancia, pudieran tener un sentido más elevado. Tenían sentido para ti como pequeños recuerdos de tiempos pasados, y por eso querías inculcármelas, pero sólo podías hacerlo por medio de la insistencia o de la amenaza porque para ti habían perdido su intrínseco valor; por un lado, esto no podría lograrse, y por otro, tuvo que enfurecerte contra mí a causa de mi aparente obstinación, ya que tú no reconocías de ninguna manera la debilidad de tu posición.
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esa desconfianza que, a mis ojos de niño, no se confirmaba nunca, ya que en todas partes sólo veía personas inaccesiblemente excelentes, se convirtió en desconfianza hacia mí mismo y en una continua angustia ante los demás. Por lo tanto, no tuve en general posibilidad alguna de salvarm
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que también los hijos podrían haber sacado provecho de esto, aunque, cosa imposible, hubieran tenido que ser capaces de reconocerlo desde niños, y yo no hubiera tenido así que estar viviendo constantemente en mi interior, dentro de ese círculo severísimo, oprimente, de tu influencia.
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Ustedes dos, en cambio, estaban siempre en actitud de lucha, siempre frescos, siempre vigorosos. Era un espectáculo tan magnífico como desolador. Al comienzo, se encontraban uno muy cerca del otro, y aún hoy, de nosotros cuatro, es quizá Ottla la expresión más pura del matrimonio entre tú y mi madre y de las fuerzas que allí se unieron. Ignoro cuál fue la causa que les privó de la felicidad que surge de la armonía entre padre e hija, aunque estoy tentado a creer que la evolución del caso fue semejante a la del mío. En cuanto a ti. La tiranía de tu carácter; en cuanto a ella, la terquedad, la susceptibilidad, el sentido de la justicia, la inquietud característica de los Löwy, y todo ello
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La avaricia, sin duda, es uno de los signos más auténticos de la infelicidad profunda; tan inseguro estaba yo de todas las cosas, que en verdad sólo poseía lo que ya tenía en mis manos o en mi boca o, por lo menos, lo que estaba en camino hacia ellas, y justamente eso era lo que me quitaba ella, que se encontraba en situación semejante a la mía. Pero todo esto cambió cuando, todavía joven (eso es lo más importante) se fue de casa, se caso, tuvo hijos, y se volvió alegre, despreocupada, valiente, generosa, desinteresada, llena de esperanzas. Es realmente increíble cómo no has notado en absoluto ese cambio, cómo de cualquier manera no lo has apreciado en su justo valor, a tal punto estás cegado por el rencor que siempre sentiste contra ella, y que en el fondo sigues sintiendo, sólo que ahora se ha vuelto menos actual, ya que Elli ya no vive más con nosotros y, por otra parte, tu cariño por Félix y tu simpatía por Karl le han restado importancia. Pero Gerti a veces debe expiar todavía es
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quería escapar de ti, también debía hacerlo de la familia, y hasta de mi madre. En ella, era siempre posible encontrar protección, pero tan sólo en relación contigo. Te amaba demasiado, demasiada era su fidelidad hacia ti como para que, en la lucha del hijo, ella pudiese constituir, en forma duradera, un poder espiritual independiente. Reconocerlo fue una intuición correcta del niño, porque, a través de los años, mi madre se unió cada vez más a ti, en tanto conservaba siempre, en lo que le concernía, suave y dignamente su independencia, dentro de límites modestos, y sin molestarte jamás, en el fondo; aceptó, con el tiempo, más con el sentimiento que con la razón, cada vez más ciega y completamente, tus fallos y condenas referentes a los hijos, en particular en el serio problema de Ottla. No obstante
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si yo, la persona insignificante, les hubiese lamido los pies en el suelo, aún así no hubiera podido compensar la forma en que tú, el amo, los pisoteabas desde arriba. Este vínculo con que me hallaba ligado con mis semejantes, obró, más allá del negocio, en el porvenir. (Algo semejante, aunque no tan peligroso ni de tan hondas raíces como en mí, es por ejemplo la predilección de Ottla por el trato con la gente humilde, sus relaciones con el personal de servicio, que tanto te indignaban, y otras cosas parecidas). Finalmente, casi terminé por
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eras tan superior a todos los que alguna vez aprendieron algo de ti, que no podía satisfacerte ninguna de sus realizaciones; de la misma manera, siempre tenías que estar insatisfecho conmigo. Por eso, necesariamente, tenía que pertenecer yo al partido del personal, especialmente porque mi desasosiego no me permitía comprender cómo se podía insultar así a un extraño; en consecuencia yo deseaba reconciliar al personal, al que, según mi manera de ver, suponía terriblemente indignado contigo, con nuestra familia, y aun para mi propia seguridad
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