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Manuel Zapata Olivella

Tambores de América para despertar al viejo mundo

"(Lorica, 1920 — Bogotá, 2004) Manuel ha sido uno de los más importantes reivindicadores de los aportes de las comunidades afrodescendientes a la cultura colombiana y latinoamericana. Médico de profesión, antropólogo por vocación, divulgador cultural en revistas, periódicos y radio y, ante todo, un excepcional escritor -su obra incluye cuentos, relatos, obras de teatro, novelas, artículos y ensayos-, puede considerarse como uno de los primeros intelectuales interesados en conocer de primera mano las tradiciones musicales de la Colombia rural. La publicación de este libro coincide con la declaratoria del Ministerio de Cultura del 2020 como el año de Manuel Zapata Olivella, a cien años de su nacimiento."
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Bookwire
Ursprunglig publicering
2020
Utgivningsår
2020
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Citat

  • Cristian David Hernandez Chaveshar citeratför 3 år sedan
    La búsqueda de los ancestros prosiguió por el litoral Pacífico. Buenaventura, Guapi, Barbacoas, Tumaco, fueron el reencuentro con los “liberados” de la emancipación, todavía prisioneros de las selvas inhóspitas, a la orilla de los ríos, perdidos en la soledad del litoral. La lluvia los hizo agua. El sol les dio la luz de la rebeldía; el fuego, las herramientas. Aún cuando no lo recuerden, buscaron apoyo y refugio en sus antiguas deidades africanas: Yemayá, orisha de las aguas placentarias; Changó, orisha de la guerra, la danza y la fecundidad; Legba, orisha de la representación, abridor de las encrucijadas. Si esta religión se ha perdido, al menos persisten los instrumentos del culto: tambores, marimbas, guasás. Son los mismos que resonaron en las invocaciones de los antiguos reinos a orillas de los ríos Níger y Congo. Hablan el mismo lenguaje con sus ritmos y cantos. Mudaron los nombres pero no sus significados sagrados; currulao, arrullo, chigualo, patacoré, juga, alabado y romance. Todos sirven para cantar a la vida, a la muerte y los ancestros.
  • Cristian David Hernandez Chaveshar citeratför 3 år sedan
    Por el camino de los alabados y velorios se abrió paso el romance hispánico que se inspira en la vida profana. Así se cantan frente al cadáver los episodios más mundanos –el robo de una gallina, un amor traicionado, una copla obscena–, todo ese caudal de la existencia relatado en décimas y coplas. Algunos romances conservan los temas del siglo XVI, como los del Conde Montesinos y Catalina, mezclados con las vivencias contemporáneas que no son otras que las propias del difunto a cuyo nombre se dicen y cantan. Conjuntamente con Delia, sentimos que el cadáver se levantaba de su ataúd y recorría la cámara velatoria como lo hizo nuestra abuela Ángela la noche de su muerte. Salió a la puerta y lo vimos conversar con los amigos y vecinos. Otros nos aseguraron que se sentó a la mesa donde jugaban dominó; que lo oyeron pedir un trago de ron a los bebedores y aún pellizcar las nalgas de las mujeres en presencia de sus maridos. En el velorio chocoano la invitada principal no es la muerte sino la vida.

    En el “gualí”, funeral de los niños o “angelitos”, sí se tocan tambores, se canta y baila para festejar el ingreso del pequeño a la vida de los ángeles. El pequeño, aderezado con flores, coronas y velos, es valseado de brazo en brazo en la rueda de los bailarines en torno al ataúd. Primero lo levanta el padrino o en su ausencia la madrina, para mecerlo en sus brazos; le canta arrullos para dormirlo y luego, jubiloso y alegre, lo pasa a otro familiar o persona que le hubiera demostrado su afecto en vida. Se trata de mantener reanimados los nexos más allá de la existencia terrena.
  • Cristian David Hernandez Chaveshar citeratför 3 år sedan
    La marimba africana en
    las selvas de América

    La marimba, xilófono, se confeccionaba con veinticuatro canutos de guadua que sirven de caja de resonancia al diapasón formado por otras veinticuatro tablas de chonta. Todos de tamaños, grosor, aberturas y sonidos distintos. Dos músicos se reparten las notas altas y bajas, percutiendo con bolillos cuyas puntas están forradas de caucho vegetal. La fórmula de su estructura es africana aunque sus materiales los aporte la flora de América.

    Rodeando la marimba se acoplan los cununos y tamboras gigantes. Estas últimas, son a veces tan pesadas que en vez de ser sostenidas de los hombros, suelen colgarse del techo de los ranchos. Los cununos conservan la forma cónica truncada de los tambores africanos y se percuten con las manos por un sólo parche estirado con largas cuerdas y cuñas. En nada se diferencian de los llamados machos y hembras conocidos en los rituales del vodú y el candomblé.

    Los ejecutantes, siempre varones, los manejan con el mismo respeto de los sacerdotes del culto religioso, aunque en Colombia se haya perdido el rito de bautizarlos y bendecirlos. Cununos y marimbas hablan el lenguaje mágico de los viejos rituales, tan solo conocidos por aquellos iniciados que en el éxtasis de la música y el baile se siente poseídos por el espíritu de los dioses.

    Un coro de mujeres, insustituibles en su cantar, rodean la marimba, los cununos y los tambores. Son ellas las sacerdotisas de la voz. Ancianas y jóvenes registran los tonos agudos y sostenidos de sus propios cantos negros. Les responden las voces bajas, profundas, alegres, polífonas, rituales. Todas ellas se acompañan con el resonar de sus guasás. Se trata de sonajeras de bambú que balancean rítmicamente, meciéndose en su propio canto.

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