Usando un nuevo género que Anzaldúa denomina autohistoria,[5] la autora presenta la historia como un ciclo serpentino más que como una narrativa lineal.[6] La historia que ella narra es una historia en la cual los símbolos, tradiciones y rituales indígenas sustituyen a las costumbres católicas posteriores a Hernán Cortés. Anzaldúa reconfigura las afinidades chicanas con la católica Virgen de Guadalupe y ofrece una imagen alternativa: Coatlicue, la madre divina azteca. En 1987, pocas profesoras universitarias mexicano-americanas invocaban ese nombre.