odos los brutos del patio del recreo.
No me doy cuenta de que no me estoy vengando, sino que más bien me uno a su cohorte. Yo también me insulto, insulto a la mujer que era hace solo unas semanas, la que usaba una 40, y la que volveré a ser muy pronto, evidentemente. Al mismo tiempo, también insulto a todas las mujeres que no usan la 36, porque me siento superior a todas ellas. Sí, sí, tengo que ser sincera, me regodeo. Lloro de alegría cuando tiro la toalla: acabo de ratificar el hecho de que gastar dinero, tiempo y energía para doblegarme a las normas que me imponen es decisión mía. Me hace tan feliz adaptar mi cuerpo para que sea un objeto que ni se me ocurre que son los objetos los que se tienen que adaptar a mí. Lloro de alegría cuando comprendo tiempo después que jamás me he faltado tanto el respeto. Soy la pelele del patriarcado, ansiosa por mostrar mi conformismo meneando la colita, la buena alumna del capitalismo sexual, pero no me planteo ninguna de estas cuestiones porque, a fuerza de chapotear en mi subidón de ego como una cerdita en el barro, me he anestesiado el cerebro.
Pronto llegará el bajón.