No se trata de comprobar si Hölderlin estaba loco o no. Ni tampoco si él mismo creía que lo estaba o no. De veras decisivo es, en efecto, que quiso estar loco o, más bien, que la locura se le presentó en determinado momento como una necesidad, como algo a lo que sería innoble sustraerse, dado que “como el viejo Tántalo [...] había recibido de los dioses más de cuanto podía soportar”.