Nuestra desigualdad es tan perenne que, de manera paradójica, su mayor logro ha sido que aceptemos nuestro lugar en la escalera social. Aunque parezca que ese lugar ha sido asignado de forma divina, sin perspectiva de cambio, es posible una realidad distinta, una en la que toda la sociedad en su conjunto pueda progresar. Si ponemos en el centro la empatía, la solidaridad, la justicia y la cooperación que nos distinguen como seres humanos —como hicieron muchos de nuestros antepasados en su momento—, podremos lograr un país mejor, con mayor equidad y con mayores beneficios para todos.