Tenía oídos para escuchar, grandes orejas sueltas de bordes amoratados, pero no la escuchó. Estaba viudo, pues la madre murió el mismo día en que nació ella, y, como viudo, estaba apegado a sus costumbres. A veces, especialmente por las mañanas temprano, no escuchaba lo que ella le decía ni hacía caso de nada nuevo que se le propusiera. De modo que ella agudizó la voz y trató de esculpir las palabras en su cerebro.