oscurecieron.
—¡Desnúdate! —exigió.
Obedecí sumisa, quería mi cuerpo y lo tendría, pero sin alma.
Me contempló con rostro inexpresivo.
Bajé la mirada y esperé.
Se abalanzó sobre mí. Me besó ansioso, me acarició esperando una respuesta que no llegaba. Pero no se desanimó. Me tumbó en el jergón y me recorrió con la lengua. Con semblante decidido y furioso continuó buscando mi placer, mi respuesta. Sus besos me estremecían. Me negaba el goce, luchaba contra él, pero, avezado en esos manejos, supo poco a poco y con inagotable paciencia encender la chispa.
De nuevo mi cuerpo me traicionó. Comencé a gemir. Mis manos empezaron a buscarlo y mi boca terminó rindiéndose a su asalto.
Volcamos la furia que sentíamos en aquel deseo que nos devoraba. Nos tomamos enloquecidos. Gunnar, generoso, esperó hasta que yo alcanzara el placer. Me miró de una forma extraña cuando se derramó sobre mí.
Por un momento, creí ver su alma. Su intensidad me sobrecogió. Vi sufrimiento y miedo, esperanza y anhelo, promesas y perdón.
El lobo se marchó.
—Te amo —musitó. Tenía los ojos arrasados en lágrimas—. Y cruzaría el infierno por ti.
Ahí estaba. Lo que siempre había estado en sus ojos cada vez que me miraba. Ahora lo veía y a mi alma seca llegó una fina lluvia. No sabía si sería capaz de amarlo, pero sí sabía que era incapaz de odiarlo. Era un principio, y se lo dije con una mirada y un beso.
—Te amaré por los dos —susurró con la voz rota.
Sentí que la piedra de mi corazón comenzaba a aligerarse. El rencor se alejaba, conmovido por la profundidad de su amor.
—Dejaré que cures mis heridas —musité.