El extractivismo urbano impulsa la mercantilización de la vivienda hasta el paroxismo, convirtiendo los inmuebles en una especie de commodity, una mera mercancía, mera especulación. El inmueble deja de ser un bien de uso para convertirse en un bien de cambio. Además, los espacios verdes, las tierras fiscales y los espacios públicos son sacrificados en pos del “crecimiento” de la ciudad y la generación de renta para las corporaciones inmobiliarias.[48] Se impermeabilizan los suelos, se construye y urbaniza de modo irracional, y se avanza sobre las superficies absorbentes como humedales en áreas urbanas y suburbanas. Nada de esto es producto de la planificación en pos del interés general, sino de la especulación inmobiliaria a través de los privilegios concedidos por quienes ocupan cargos en los diferentes niveles del Estado (nacional, provincial, local).