tratado más extenso de esta figura fue Wagner, the Wehr-Wolf (1846), de George W. M. Reynolds.
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medianoche, cuando debe recuperar su forma bestial, y retenerla para siempre si un ojo humano la ve cambiar. O mejor aún, rociarle las manos y pies con agua bendita, lo que equivale a una muerte segura.
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“¿Dónde, ay, dónde yacerá mi criatura?”
En mi blanco pecho,
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La terrible cosa que se encontraba entre ellos, oculta por la belleza femenina, era el centro de atención.
Eso es lo que da miedo de las mujeres/hombres lobo: que están ocultos, que se disfrazan, que no son lo que aparentan
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El gruñido indudable aunque modificado por la anatomía femenina, la furia despiadada que mostraba en dientes y ojos,
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que comenzó como un gemido de mujer se transformó en el aullido de una bestia
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estaba herida, sólo tenía manchas de sangre en los pies. Las grandes y aterradoras mandíbulas se curvaban en una sonrisa, aunque rígida y muerta
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CUANDO PENSAMOS EN LICÁNTROPOS, solemos imaginar monstruos masculinos, lo cual quizá se deba a que poseen características que con frecuencia asociamos con lo masculino: fuerza extrema, tendencias violentas, cuerpos más grandes de lo habitual y exceso de pelo.
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hombre lobo de París (1933), de Guy Endore, The Wolfman (2008), de Nicholas Pekearo,
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primeros relatos sobre mujeres lobo (junto con El buque fantasma de Frederick Marryat) y sin duda influyó en ficciones y filmes posteriores, como La loba (1965), la novela de Tanith Lee Hijos de lobos (1983), Feroz (2000), Jauría de Kelley Armstrong (2001), la Parasol Protectorate Series (Gail Carriger, 2009) y Las buenas maneras (2017), que también presentan mujeres lobo