Habremos conducido a la ruina un amor inmoderado por el Uno, una obstinación por el simplismo en nuestro modo de abordar la realidad. Únicamente el progreso (¿cuál?), la ciencia (¿la de Bayer-Monsanto y sus protocolos science based?), el cálculo, el PIB, el crecimiento, la competitividad, la eficacia, el dominio de la materia (¿a qué escala y por cuánto tiempo?), el capital, la libertad (¿cuál?, ¿de quién?, ¿para qué?), la humanidad (¿sola en un mundo mineral?) debían permitirnos construir el Edén aquí abajo. El mundo moderno habrá sido el de los eslóganes unívocos, un mundo de una simplicidad extrema: lo importante era crecer, sin ninguna otra consideración, desmarcarse de la naturaleza, individualizarse, automatizarse a todos los niveles, ir siempre más deprisa y más lejos…